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viernes, 25 de noviembre de 2011

Recibimos este mensaje de José Jesús Zapata Rivera

Fiel a mi decisión de defender la libertad de expresión y publicar todas aquellas cartas y mensajes que me envíen, estoy publicando esto. Aclaro que esto no refleja mi pensamiento, yo sigo sosteniendo que la violencia es el idioma de quienes han perdido argumentos y buscan imponer a la fuerza una idea.

Así no es, Santos, así no es

Agencia Bolivariana de Prensa


Todos tenemos que morirnos, Santos, todos. De eso no va a escaparse nadie. Unos de un modo y otros de otro. Unos por una causa y otros por otra. Algunos escogen una muerte heroica, gloriosa, profundamente conmovedora. Otros prefieren morirse de viejos, de un infarto o diabetes, tras una larga enfermedad en una cama o endrogados en medio de un burdel.

Es como la vida, unos prefieren pasarla haciendo dinero y engordando como cerdos, o  practicándose cirugías para conservarse jóvenes, pisoteando a los demás y dándose ínfulas. Otros escogen caminos más nobles. Y son muy felices así. Es un asunto de conciencia. Pretender intimidarlos para que acepten vivir como los primeros es un error.

Y todavía más grave es matarlos. Pretender exhibirse como modelo de civilización y decencia dando la orden de despedazarlos a punta de bombas, plomo y metralla. O como sea. Por ejemplo, de dos balazos por la espalda cuando se llega en la noche a casa. O molidos a golpes en una celda. O desmembrados con una motosierra. O con la cabeza mochada a machete.

Al expresar el dolor que la torturaba por la muerte de su Jefe, decía una guerrillera que hombres como él quedarán para la posteridad y el pueblo los recordará como lo que fueron, inmortales. Otro enviaba una nota a sus mandos diciendo, aquí estamos para ayudar en todas las tareas que ustedes nos orienten. Les brindamos nuestra solidaridad en este momento.

Yo no sé. Pero eso de ostentar poder y mostrarse amenazante y brutal, no puede ganar las simpatías de nadie. De nadie que no sea ostentoso y brutal como el que lo hace. La historia nos enseña que a la inmensa mayoría de seres humanos les repugna ese tipo de fanfarronadas. De niños aprendemos que sólo los ogros más malvados suelen actuar de ese modo.

Y con el tiempo aprendemos a asociar esas conductas a los seres más perversos. Matar salvajemente a un ser humano, con métodos notoriamente desproporcionados, para pararse sobre su cadáver y señalar a otros que les tiene reservado el mismo tratamiento, tiene la virtud de producir un efecto contrario. Ningún hombre se dejará humillar de ese modo.

Homero fue un maestro en desentrañar el alma. Tras dialogar con Príamo, Aquiles comprende la dimensión de los troyanos y la bajeza de la causa griega. Asume lo miserable de haber paseado el cadáver de Héctor, atado a su carro, frente a sus seres queridos y su pueblo. Por eso decide inmolarse en la refriega, para no aparecer como vencedor con ese ejército.

Son los gestos de grandeza moral los que hacen imperecederos a los hombres. Sólo las mentes más enfermas y enajenadas pueden sentir alguna simpatía por Adolfo Hitler. Aunque en su momento muchos lo hubieran aplaudido. El tiempo terminó por ubicarlo en el infame lugar que le correspondía. Creo que a los Santos y Pinzones les reserva una suerte similar el destino.

No puede ser de otro modo. El grado de ruindad moral que exhiben horroriza al más sano de los juicios. Muy poca gente conoce en el reinado de cuál emperador romano fue crucificado Jesús. Pero creo que por encima de las propias creencias, en todas partes se profesa el más elevado respeto por él. Porque prefirió el suplicio y la cruz antes que renunciar a sus ideas.

Y porque esas ideas abrigaban un altísimo grado de humanidad. Eran buenas, buscaban la felicidad general, ensalzaban a los pobres e incluso fustigaban a los ricos, proclamaban que todos los hombres eran iguales. Sólo proponía a hombres y mujeres que lo abandonaran todo y lo siguieran en la propagación de esa fe, de esa verdad, decía.

Pero lo coronaron de espinas, lo abofetearon, lo crucificaron y lancearon. Se burlaron de él. Habían preferido liberar en su lugar al peor de los criminales. Sin embargo fue ese Cristo el que los sobrevivió a todos. Pese a que hubieran perseguido por siglos a sus seguidores. De nada sirvió arrojarlos a los leones ante la aclamación general de la plebe en el circo.

Esta gente lleva medio siglo en esto, Santos. Algunos, de cabeza blanca, cuentan historias de sus días en Marquetalia. Otros hablan de los años en el Guayabero, de los primeros diálogos cuando Belisario. Hasta afirman que si entonces el gobierno hubiera pensado mejor, las cosas en el país hubieran sido muy distintas. La soberbia ha podido más que la razón.

Muchos cuentan experiencias de la guerra integral de Gaviria y su creación de las brigadas móviles. Y muchísimos más vivieron aquí lo del Caguán. Una enorme masa llegó después a estas filas. En ese devenir, seguramente, se han presentado múltiples deserciones y traiciones. Pero no ha sido lo determinante. Son más y más los revolucionarios y cuadros convencidos.

Esta gente ha construido una epopeya sin antecedentes en ningún lugar ni época histórica. No hubiera sido posible sin el más extraordinario altruismo. Ni siquiera las fuerzas especiales del Ejército pudieron operar en el terrible invierno de esas abruptas cordilleras guerrilleras. Pero allá mismo viven ellos, aman, sueñan un mundo mejor y luchan por conseguirlo.

Primero, entre groseros chistes, exhibieron el cuerpo despedazado de Raúl Reyes. Después recogieron exultantes la mano arrancada a Iván Ríos. Rugieron orgullosos más tarde cuando con toneladas de bombas quitaron la vida al Mono. Ahora, llorando de felicidad, dan el parte ensangrentado sobre Alfonso. Macabro rostro el de esa bella democracia.

La cabeza de José Antonio Galán, así como cada una de sus extremidades, exhibidas a manera de escarmiento para evitar otro alzamiento comunero, no lograron impedir la gesta por la independencia. Ni su triunfo. El pueblo empeñó en ello miles de muertos y heridos, gran ruina y enormes sufrimientos. Hubiera sido mejor de otra manera, pero la Corona no quiso.

Las FARC son miles y miles de revolucionarios que soportan las más duras condiciones porque creen firmemente en su causa. No ganan un solo centavo, no poseen nada material, el movimiento les da lo que necesitan. Y el movimiento son todos ellos. Son una impresionante creación histórica, aquí, en Colombia, ante nuestros ojos. Así no es Santos, así no es.

martes, 6 de abril de 2010

Creo haber vivido esto mismo

Todos contraMoncayo

Por María Jimena Duzán

Las primeras declaraciones hechas por el soldado Moncayo, liberado por las Farc el martes de la semana pasada luego de casi trece años de secuestro, han desatado en Internet una cascada tan impresionante de comentarios intolerantes y agresivos contra el hijo del profesor Moncayo, que si yo fuera su madre estaría temiendo por su vida.

En eltiempo.com, la mayoría de los 2.500 comentarios que leí hasta el miércoles al mediodía no lo bajaban de "guerrillo", "miliciano" y "colombiano indeseable", no merecedor de esta patria. Entre los calificativos más generosos que leí en los foros de Semana.com están el de "tarado", "lacra social que hay que barrer" y "pobre pendejo que se le olvidó hablar". No faltó el que lo calificó de ser miembro de las Farc desde que fue secuestrado luego de la toma en Patascoy. "Faruco Moncayo -dice un participante en el foro- ese reclutica es uno de los infiltrados que las Farc utilizó para tomarse la base de Patascoy". Por no hablar de los comentarios que llegaron al .com de Hora 20 de Caracol el martes por la noche, muchos de los cuales no lo bajaban de hijueputa, traidor al uniforme, mientras otros opinaban que debería ser expulsado de este país.

Pero no solamente Pablo Emilio Moncayo ha sido condenado a la hoguera. También su padre, el profesor Moncayo, cuyo dolor a muy pocos les parece genuino. "Gracias a Dios ya no veré más al profesor Moncayo. Me tenía aburrido este elemento con tanto vitrinazo y espectáculo", dice uno de los tantos comentarios ocultos en eltiempo.com. Una opinión similar se la escuché a una mujer de estrato seis que miraba en una pantalla de televisión ubicada en un sitio público la transmisión que hacían los canales de la liberación del soldado el martes pasado. "¡¡Ahhgg!! -dijo en voz alta, sin evitar que se le sintiera un dejo de desprecio- a ver si liberan pronto a su hijo y salimos de este profesor que nos tiene hartas". La cascada de comentarios agresivos e intolerantes invadió hasta los blogs de lasillavacia.com. Luis Guillermo Vélez, uno de sus blogueros más cultos y refinados, insinuó que Moncayo no estuvo secuestrado sino que se fue de paseo ecológico durante 12 años.

El primer sorprendido con esta reacción tan violenta debe ser el propio sargento Moncayo, quien se debe estar preguntando cuál pudo haber sido su gran pecado para merecer tanta ignominia, tanto desprecio, tanto odio visceral y tanta intolerancia.

La respuesta, mi querido soldado, es solo una: mientras usted estuvo secuestrado en la selva y pasó por los horrores más inhumanos, este país no sólo cambió tecnológicamente; su mayor cambio fue en su comportamiento cultural, a pesar de que se registraron importantes avances en el tema de la seguridad y en la lucha contra las Farc. En estos doce años nuestro imaginario cultural se ha ido construyendo con base en percepciones que se han vuelto verdades, así no lo sean. Esos postulados, derivados en su gran mayoría de la seguridad democrática, nos han vuelto una sociedad más uniforme y por lo tanto menos tolerante; una sociedad más segura pero políticamente primaria -el único discurso permitido es el que habla de acabar al enemigo, las Farc, y a todo el que esté con él-; y una sociedad aparentemente más exitosa pero más corrupta. La mafia paramilitar no es considerada sólo un mal menor sino un aliado fundamental de la clase política, tal y como lo hemos visto en estas elecciones, en las que esos voticos untados de sangre eligieron a un número considerable de congresistas, que en su mayoría son uribistas.

Al país al que usted llegó, mi estimado soldado Moncayo, hay que darle gracias a Uribe por todo y por nada. Y así el Presidente no hubiera hecho nada por su liberación, usted tenía que habérselas dado. En cambio debió haberse abstenido de dárselas a quienes sí lo ayudaron. Es decir, al presidente Correa y al presidente Chávez, dos mandatarios considerados en el imaginario de la seguridad democrática como parte del ejército de áulicos que tienen los terroristas de las Farc. Pero además, como usted no dijo que quería acabar con las Farc -de hecho ningún secuestrado liberado por las Farc lo ha dicho-, sino que eran una realidad, eso lo convierte en auxiliador de la guerrilla y no en un sobreviviente del flagelo del secuestro.

Lo siento, soldado Moncayo: al país al que usted llegó, luego de casi trece años de cautiverio, la verdad no se puede decir sin que se le venga la horda encima con todo y lo que eso significa. Pero no se desanime. No todos somos así de pendejos

Este "Desgobierno" que promete mucho y no hace nada.

  * Imagen con D.R. Internet Hola querid@s seguidor@s, aqui vamos de nuevo a la aventura de hablar de polítiquería y las vicisitudes que, lo...