Estamos a un poco más de un mes de la Navidad y quiero hacer aquí un homenaje y un llamado a la solidaridad para con quienes, como el personaje de la historia, pasarán una Navidad más durmiendo en la calle o acaso “vagando solitario” sin rumbo ni destino.
Una leve sonrisa, medio amarga, afloró en los labios de Juan, era casi media noche, estaba buscando un lugar para dormir, estaba lloviznando y su lugar habitual no ofrecía abrigo, además estaba haciendo un poco de frío y su cuerpito de quince años, no aguantaba ambas cosas. De repente se acordó aquella vez (con 12 años) que durmió en la plaza y le tomó una sorpresiva lluvia, como había bajado la temperatura, le dio una gripe que lo dejó literalmente postrado, como no tenía más que a la vendedora de tereré de la plaza como amiga fue la única que lo socorrió con algunos antigripales y un poco de comida, la solidaridad en la plaza era muy común, nadie moría de hambre en la plaza. Juan seguía con la sonrisa pintada en los labios, estaba absorto en sus recuerdos, pero también estaba obsesionado por aquella imagen pintada en la vidriera, era el Pato Donald y toda la pandilla Disney, Juan siempre soñó en ir a Disney, ni idea tenía donde quedaba Disney, pero soñaba ir allá.
Juan ya no recuerda cuanto tiempo tiene de calle, para él los días, los meses y los años le daban lo mismo, solo sabe que tiene que buscar algo de comer, lustrar zapatos para comprarse algunas golosinas y cuidar de no enfermarse. ¿Amor? Era una palabra que veía repetidas veces en placas de anuncios de regalos en los comercios, por eso siempre creyó que era un artículo caro ¿Un abrazo? Nunca nadie le había dado uno ¿Elogios? No sabía lo que eso significaba. ¿Felicidad? Juan lo era a su manera. Era libre, iba al río las veces que quería, viajaba cuando y donde quería, en fin, solo no pudo ir a Disney.
Aquella mañana de 24 de diciembre Juan buscó lustrar una buena cantidad de zapatos para comprarse un par de ropas nuevas y un par de zapatos, ya tenía 15 años y no quería pasar aquella Navidad sin algo nuevo, su letanía de “ja lutrá ndee che atrón” parecía no tener sonido o que nadie le escuchaba, la prisa con que se movían las personas no le permitían “rogar” “suplicar” por unas monedas para su ansiada “ropas nuevas”. Llegó la noche sin que Juan pudiera juntar dinero siquiera para una bombita. ¡Bueno…! dijo Juan - me voy a ir a dormir.-
Estaba lloviznando, ya lo dijimos, Juan estaba absorto en la propaganda de Disney, también ya lo dijimos, solo había llovizna, luces, guirnaldas encendidas y Juan en aquella calle céntrica de la capital, algún petardo explotando y algunos equipos de sonido a todo volumen en algún lugar de aquel paisaje casi desértico era todo lo que rompía el silencio. Silencio impregnado también en el alma de Juan. Juan ni siquiera tuvo nada que cenar aquella noche, hasta la plaza quedó vacía, los basureros no habían sido sacadas, entonces tampoco podía buscar en ellos algo de comer, aunque más no sea resto de hamburguesa o un pedazo de empanada. Resumen, Juan estaba hambriento y se estaba yendo a dormir sin comer nada.
Acomodó su cartón, puso cajón de lustres al lado, lo tapó para que nadie le robara y se acostó, no tardó mucho en dormir, ni siquiera escuchó las campanadas de la medianoche en la Catedral, ni la multitud de petardos explotando al anunciar la Navidad, ni los bocinazos en la calle.
La mañana del 25 de Diciembre, el reloj marcaba las 8 horas, Juan ni se movía, la gente pasaba cerca de él, nadie extrañó que aquel ser humano esté tan quieto. Alguien que pasó pensó en voz alta ¡Tan joven y ya está perdido, borracho! Terminó en tono de reproche. Nadie se percató que Juan había muerto aquella navidad.
Definitivamente Juan ya no podrá ir a Disney