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sábado, 17 de septiembre de 2011

Pueblecillo tranquilo aquél

Pueblecillo calmo aquél. La pobreza no era ningún obstáculo  para que la gente sea feliz. Cada uno, a su manera, lo era. Con sueños vencidos, con sueños ganados; pero, sobre todo, sueños presentes.
Ningún día era igual al otro. La gente trabajaba la tierra, agradecía cada grano multiplicado, se alimentaban de la tierra trabajando unidos. “Minga” le llamaban a la tarea compartida; hoy todos a la chacra de uno y mañana a la del otro, y así el campo siempre estaba revestido de aquel verde de promesas de una cosecha plena. Claro que a veces había algún tropiezo: mucha lluvia, o sequía prolongada, granizos o heladas, pero nada de eso era una barrera para seguir luchando. A cada tropiezo, había el renacer de una esperanza de que la próxima cosecha sea mejor.
Cuanto más ivaí, iporâ angüi hina (Cuanto más mal anda la cosa, es señal de que viene la bonanza) era una especie de “inyección” de nuevas fuerzas para seguir adelante, para no dejarse derrotar.
Así eran los campesinos de aquél pueblecillo. Desde que el Rey Sol asomaba sus tímidos rayos, anunciando la alborada, ya iban camino a la chacra; apoyaban sus azadas en la tierra, miraban sus siembras y, como en una especie de saludo a ellas, les lanzaba una mirada de alegría, de esperanza. Con aquel gesto estaban listos para hacer toda y cualquier tarea que ayude a sus plantitas a crecer sin ningún tipo de estorbo. No le tenían rabia a las malezas, sabían que esas mismas malezas que ellos cortaban, serviría de abono para nutrir a su siembra, para que ésta tenga más frutos. Solo el calor, del sol a pico del mediodía  de verano, de casi 40 grados, obligaba a esa gente a parar un poco la tarea. El tereré y el almuerzo eran momentos de diálogo, sea sobre cómo encontraron la chacra, qué faltaba hacer para mejorarlo y planear la tarea siguiente.
Podrían estar cansados, pero nunca les faltaban motivos para reírse; aún cuando la cosecha no fuera buena, o la tarea era dura; ellos se reían, se reían de sí mismos, si les faltaban motivos. Se reían, por ejemplo, del viejo Juan porque seguía soltero, a pesar de sus, ya, 60 años y el viejo Juan se acoplaba a la broma de sus amigos, nadie se enojaba allí, nadie conocía el sentido del “insulto” o la “burla”. Se decían palabrotas, se apodaban de los nombres más feos posibles; pero todos sabían que aquello no era sino para reírse y alegrar la tarea. En aquel pueblecillo tranquilo, nadie se enojaba con nadie. Todos se sabían amigos y se necesitaban mutuamente. Reían, trabajaban y sufrían juntos.
Por eso, quienes no conocían a los pobladores de aquel pueblecillo tranquilo, solían decir que allí la risa era fiesta, pues allí se reían en plural; que el trabajo tenía sus frutos, porque se trabajaba unido y que el sufrimiento no hacia su morada en ella; porque en aquel pueblecillo tranquilo, no había soledad.

sábado, 3 de septiembre de 2011

La ciudadanía responsable


Es increíble como las cosas se confunden cuando se las mira de “reojo” y no con detenimiento, como debiera ser.  
La gente toma el periódico y mira las páginas deportivas, no mira las páginas políticas, no porque no le interese, sino porque sabe que los medios de comunicación esconden demasiadas cosas. No es que mientan, apenas esconden, lo que equivale a lo mismo, considerando que: No hay peor mentira que una verdad dicha a medias. Además la gente ya tiene en mente la famosa frase de la dictadura: Es mejor no meterme, total no la voy a remediar. En las radios son más famosos los “animadores de fiestas” (con un vocabulario digno del peor analfabeto) que los que se “están plagueando” (en vez de plaguearse deberían ir a trabajar).
Cuando “pertenecemos” a un país debemos ser conscientes de sus prioridades y hacer que estas prioridades sean también las nuestras, como ciudadanos.
Ningún país vive sin recaudar, los impuestos son necesarios para la puesta en marcha de un sistema social (educación, salud, seguridad, niños y tercera edad). No nos gusta pagar impuestos “para que los haraganes se aprovechen”, este concepto del impuesto la tenemos simplemente porque miramos “de reojo” los beneficios del cumplimiento de nuestras obligaciones. Solo miramos de frente nuestros derechos, ésas sí las exigimos con vehemencia, y alabamos su puesta en vigencia, mientras que para el cumplimiento de nuestros deberes y obligaciones cívicas ponemos todo tipo de trabas y críticas posibles.
Pertenecer a un país significa mirar de frente nuestra ciudadanía con todo lo que ello implica. Significa cumplir con nuestra ciudadanía en su plenitud, hacernos responsables de cada uno de nuestros actos y asumir nuestra responsabilidad cívica.

Este "Desgobierno" que promete mucho y no hace nada.

  * Imagen con D.R. Internet Hola querid@s seguidor@s, aqui vamos de nuevo a la aventura de hablar de polítiquería y las vicisitudes que, lo...