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sábado, 8 de diciembre de 2012

Carta a una mujer llamada María


Por: Andrés Colmán Gutiérrez (Desde el otro lado del silencio)

Perdóname, María, si no creo en milagros. Es decir, no en los milagros que más se parecen a números de magia o a efectos especiales tipo películas de Hollywood.
No creo en el milagro que relata esa chica que camina hacia tu santuario de Caacupé a cumplir su "promesa", asegurando que un rezo a la Virgen le permitió salvar un examen difícil en el cole, esa asignatura que ella no pudo o no quiso estudiar y aprender a fondo. Entonces, ¿hubo tráfico de influencia divina con la profe?
No creo tampoco que tengamos que pedirte que soluciones los males de amores que ocasionan nuestras actitudes machistas, o nuestra incapacidad de diálogo o de afecto. Si es así, ¿para qué estamos?
No creo que debamos exigirte que cures las enfermedades que provocan las muchas deficiencias de la salud pública, ni que tengas que remediar el desempleo que producen las carencias del Estado, ni que debas hacer llover maná del cielo para calmar el hambre y la pobreza que causan la insensibilidad e inutilidad de las autoridades y los políticos. Entonces sería muy fácil, todo se podría arreglar con muchas oraciones a la Virgen y no tendría sentido luchar por nada.
Perdóname, María, si no acepto esa estereotipada imagen de reina que te han fabricado los católicos complacientes con el sistema, con ese manto de oro y esa corona monárquica, ese rostro de muñeca pálida, tan rubia y de ojos azules, tan distinta a los curtidos rostros del pueblo que te venera.
Perdóname, María, pero yo prefiero rescatarte tal como te describen los Evangelios, pequeña y sufrida lavandera, mujer de pueblo, aquella que en el himno del magníficat soñó con derribar a los poderosos de su trono y ensalzar a los humildes. Prefiero rescatarte tal cual te creara aquel legendario indio artesano, rostro labrado en madera viva, rostro moreno como el de tu gente.
Perdóname, María, pero no voy a hacerte promesas ni a pedirte milagros, porque el más lindo ya lo estás brindando cada diciembre, cuando el Paraguay entero peregrina junto a vos. En este país de profundas divisiones e históricos desencuentros, vos conseguís que las personas puedan unirse por encima de fronteras sociales, de colores partidarios o deportivos, caminando juntas bajo el Sol o la lluvia, con sueños y esperanzas vivas, con ilusiones de un país mejor.
Solo te pediría que nos ayudes a entender que ese Paraguay nuevo depende un poco menos de tu aliento divino y un poco más de nuestros esfuerzos cotidianos.

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