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viernes, 22 de octubre de 2010

Putos eran los de antes*

Bernardo Neri Farina


En mi vida, y sobre todo durante mi carrera de periodista, conocí a muchos putos. Tuve a varios como compañeros de redacción y como amigos. En los años 70 se decía que diario que no tuviera su puto propio no era diario.
Tengo buenos recuerdos de aquellos compañeros y amigos. Eran muy buenas personas. La mayoría ha muerto. Algunos, de SIDA, el terrible mal que los estigmatizó en los años 80.
Hoy ya no tengo amigos putos. Tengo amigos gays, de acuerdo con la terminología actual que tiende a hacer más cool las cosas y a rodear los hechos con una afectación nominativa sonsa. Gay suena más fino y más posmo que puto. Pero son lo mismo que igual. Aunque quizá no tanto. Los putos de antes tenían más clase.
En los años 60 uno de los más famosos homosexuales en nuestro país fue Cafaro Luna (era su nombre artístico; nunca supe cómo se llamaba en realidad). Bailarín consumado, hacía shows en whiskerías (como llamaban entonces los clubes nocturnos donde se lucían las chicas del streap tease; ahora se hace streap tease hasta en los cumpleaños infantiles).
Cafaro tenía cierta propensión al exhibicionismo. Tal vez porque era bailarín y se sentía artista y como tal debía seducir al público. Pero no era procaz ni proclive a la vulgaridad. Se podría decir que cuando exhibía su lado femenino lo hacía por arte. Y la perrada lo respetaba. Eso es mucho decir en aquella Asunción pueblerina donde el epíteto de ¡puto! sonaba a un reverendo insulto y le podía costar a quien lo pronunciara, la apertura de su costillar por parte de una sevillana de acero pulido y filo mortal.
Nadie aceptaba que le dijeran puto así por así nomas. Aunque lo fuera. Y no porque no se asumiera la condición por parte de quien lo
fuera, sino por la forma en que se expresaba la palabra. Se exigía respeto. Y aquí viene la cosa. Los putos de antes no banalizaban su condición. Si la asumían, andaban tranquilos sin hacer proselitismo de su sexualidad. Sabían dónde buscar a sus pares. Y eso no significaba que se escondieran. Solo que vivían su estilo en paz.
Hoy, los putos vociferan su categoría de tales, perifonean su “orgullo gay”, proclaman “soy feliz, soy gay”, como si la felicidad dependiera de ser el cóncavo o el convexo en el sexo. Eso me hace acordar de aquello de “dime de qué alardeas y te diré de qué careces”.
Los putos de hoy irrumpen en las calles en desfiles grotescos donde pareciera que los participantes quisieran denigrar su condición de personas, como una especie de autoflagelación pública. A los homosexuales de antes les era menos fácil insertarse en la sociedad.
A los de ahora no les cuesta nada porque no hay un ambiente opresivo para ellos.
Entonces, por qué tanto frenesí puteril, tanta agresividad como si los derechos de los homosexuales fueran los únicos que hubiera que respetar, como si importara más el sexo que el ser humano. Porque al final se trata de eso: de que se ganen el respeto como seres humanos, como personas y no por cómo expresan su genitalidad.
Y esto lo digo con todo aprecio a mis amigos gays de ahora, en memoria de mis putos queridos, compañeros inolvidables en el periodismo y en la literatura; aquellos que valían por su condición humana y su conducta y que me hacen pensar al recordarlos: Putos eran los de antes.

* Este artículo se publicó en la revista La Factory, pero varios amigos, que no accedieron a la publicación y supieron de la misma me pidieron que lo publique en TVParaguaya.com Creo que tiene alguna actualidad..


farina@tvparaguaya.com

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